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Vuelve Moyá, vuelve el número uno
No pudo demostrarlo plenamente en el Tenis Playa, en donde tropezó dos veces con la misma piedra, «Pato» Clavet, pero levantó pasiones y anunció lo que es hoy en día: un tenista fantástico y un fenómeno de masas. En el discurso después
de su segundo subcampeonato, Moyá reiteró su deseo de volver a
Luanco. Ni siquiera entonces (agosto del 96) intuyó lo que le iba a
costar, lo que se le iba a venir encima. Apenas cinco meses después,
Carlos disputaba la final del Open de Australia a Pete Sampras. La
perdió, pero por el camino había dejado una corriente de
admiración que fue bautizada como «moyamanía». En
Luanco ya sabíamos por qué. A partir de entonces nadie pudo
detener su progresión. En el último año y medio, Carlos
Moyá ha inscrito su nombre en el palmarés de uno de los torneos
míticos, Roland Garros, y ha hecho historia con su asalto al
número uno mundial. A medida que ponía el listón
más alto, su vuelta a Luanco se aventuraba una utopía. Las
exigencias del circuito cada vez dejan menos margen de maniobra, algo que llega
a ser asfixiante para los «top-ten» y no digamos nada para el mejor
del mundo. Sin embargo, al final se hizo el milagro.
«Lo de venir a Luanco es un detallazo», se apresura a destacar Avendaño, para el que está claro la calidad humana de Moyá: «Si el éxito le hubiera cambiado, probablemente no vendría. Pero se ha demostrado que da la cara». Ahora, Juan Avendaño sólo espera que la afición luanquina y asturiana sepa corresponder: «La gente tiene que valorarlo porque contar con Carlos es un aliciente impresionante. Tenía esa semana libre y ha aceptado jugar el Tenis-Playa». Para Avendaño ha sido
una satisfacción la respuesta humana de Carlos Moyá, casi tan
grande como las que le está dando en las pistas. No en vano, Juan fue
uno de los artífices de la impresionante progresión del
mallorquín. Recuerda que llegó con 17 años a Barcelona y
que estaba «muy verde» porque en su tierra había jugado pocos
torneos. De todas formas, el técnico luanquín ya vio que
allí había madera: «Ya era alto, pero no muy trabajado
físicamente. Se veía, sobre todo, que era muy inteligente y en la
pista aprendía muy rápido. Le decías cuatro cosas y las
asimilaba en seguida».
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